Nos encontramos en un estanque imaginario, observando la tranquila superficie el agua. Sin lanzamos al agua un gran pedrusco, se producirán grandes olas, que se extenderán en círculos concéntricos alcanzando una gran amplitud. Sin embargo, si tiramos una piedrecilla, apenas aparecerán unas débiles ondas de muy poco alcance y duración.

    Trasladándonos al fenómeno del sonido, las ondas que provocarían el pedrusco se corresponderían con las de un sonido fuerte, que alcanzaría gran distancia, o lo que es lo mismo, que se escucharía lejos de la fuente de producción: Las ondas de una piedrecilla representarían las de un sonido débil, cuya onda tiene tan poca energía, que apenas será audible a corta distancia.

    Estos términos, fuerte y débil, ya son familiares; y están relacionados con la propiedad del sonido llamada intensidad, que, como habrás intuido con los ejemplos del pedrusco y la piedrecilla, depende de la energía comunicada.

    Recordemos algunos ejemplos en los que queda patente la energía que puede desarrollar una onda sonora. Seguramente habrás oído hablas de los aludes de nieve provocados por un sonido fuerte, o de la onda expansiva de una gran explosión, que es capaz de romper cristales a muchos metros de distancia. ¡El sonido, que parecía tan inocente...!

    Trata de imaginar ahora nuestra pobre membrana del tímpano, que es mucho más delicada que un cristal y que está sometida, en muchas ocasiones, a las agresiones de ondas sonoras de gran energía.

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