Biografía
Federico García Lorca

 

"Salen los niños alegres

de la escuela,

poniendo en el aire tibio

de abril canciones tiernas".

 

 

¡La bandera blanca y verde

vuelve tras siglos de guerra

a decir paz y esperanza

bajo el sal de nuestra tierra!

Sobre la noche canto.

Cantaré

aunque estéis dormidos.

Cantaré

por todos los siglos

de los siglos.

Amén.

 

 

La tarde está

arrepentida,

porque sueña

en el mediodía...

Le fastidia

ser tarde

habiendo sido

mediodía.

 

 

Ya viene la noche.

Golpean rayos de luna

sobre el yunque de la tarde.

Ya viene la noche.

Un árbol grande se abriga

con palabras de cantares.

Ya viene la noche.

 

 

Cortaron tres árboles.

Eran tres.

(Vino el día con sus hachas)

Eran dos:

(A las rastreras de plata)

Era uno.

Era ninguno.

(Se quedó desnuda el agua)

 

 

Baladilla de los dos ríos.

El río Guadalquivir

va entre naranjos y olivos.

Los dos ríos de Granada

bajan de la nieve al trigo.

El río Guadalquivir

tiene las barbas granates.

Los dos ríos de Granada,

uno nieve y otro sangre.

 

 

En lo alto de aquel monte

hay un arbolito verde,

olivares somnolientos

bajan al llano caliente.

 

 

Sobre el olivar

hay un cielo hundido

y una lluvia oscura

de luceros fríos.

 

 

Arbolé, arbolé
seco y verde.

La niña de bello rostro
está cogiendo aceituna.
El viento, galán de torres,
la prende por la cintura.
Pasaron cuatro jinetes,
sobre jacas andaluzas,
con trajes de azul y verde,
con largas capas oscuras.
"Vente a Granada, muchacha."
La niña no los escucha.
Pasaron tres torerillos
delgaditos de cintura,
con trajes color naranja
y espada de plata antigua.
"Vente a Sevilla, muchacha."
La niña no los escucha.
Cuando la tarde se puso
morada, con luz difusa,
pasó un joven que llevaba
rosas y mirtos de luna.
"Vente a Granada, muchacha."
Y la niña no lo escucha.
La niña del bello rostro
sigue cogiendo aceituna,
con el brazo gris del viento
ceñido por la cintura.

Arbolé arbolé
seco y verde.

 

Sevilla

Sevilla es una torre
llena de arqueros finos.

Sevilla para herir.
Córdoba para morir.

Una ciudad que acecha
largos ritmos,
y los enrosca
como laberintos.

Como tallos de parra
encendidos.

¡Sevilla para herir!

Bajo el arco del cielo,
sobre su llano limpio,
dispara la constante
saeta de su río.

¡Córdoba para morir!

Y loca de horizonte,
mezcla en su vino
lo amargo de Don Juan
y lo perfecto de Dioniso.

Sevilla para herir.

¡Siempre Sevilla para herir!